Buscar: en:
Vicerrectoría Administrativa

Discurso de posesión del Vicerrector

Probidad, Eficiencia y Respeto

Roberto Enrique Montoya Villa
Vicerrector Administrativo*

En sus “Reflexiones sobre la felicidad” el jesuita Teilhard de Chardin afirma que, en principio, el ser humano puede adoptar tres actitudes frente a la vida. Se puede mirar hacia atrás y sentir el peso de un pasado, con todo lo que ello signifique, o mirar hacia delante para apreciar los desafíos que nos plantea el porvenir, con su incertidumbre y seducción. Además de estas dos actitudes es posible una tercera que consiste en contemplar el presente, sufrirlo o gozarlo con la satisfacción de aspiraciones y sueños realizados. En cierta forma creo yo, lo ideal sería combinar esas tres actitudes porque la mirada hacia adelante jamás debería llevar a desconocer el camino recorrido, ni lo contrario, así como tampoco deberíamos dejar de vivir con intensidad el momento presente. Hay días en que pesa mucho más el ayer, otros, en que es el futuro el que ocupa nuestra atención; sin embargo el presente, que sirve de mediador entre uno y otro, siempre está ahí.

En un acto como el que nos congrega esta noche es claro que confluyen estas tres actitudes, los nuevos Decanos y el nuevo Vicerrector nos sentimos muy contentos y honrados por la designación que hemos recibido, que de una manera u otra, constituye un reconocimiento a un pasado, a una trayectoria. No obstante, lo que se abre ante cada uno de nosotros, las posibilidades y los retos, las expectativas, constituyen lo verdaderamente trascendental.

Para mi es muy grato tener el privilegio de hablar en este acto académico que ha convocado el Padre Gerardo Remolina Vargas de la Compañía de Jesús, Rector de la Universidad, en honor de los nuevos Decanos Académicos, de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, Luís Miguel Renjifo, de la Facultad de Filosofía, Alfonso Flórez, de la Facultad de Ingeniería, Francisco Javier Rebolledo y de la Facultad de Medicina, Iván Solarte; de los Decanos del Medio Universitario, de la Facultad de Ciencias Sociales, Padre Jorge Enrique Salcedo de la Compañía de Jesús y de la Facultad de Medicina, Padre Javier González de la Compañía de Jesús; y del nuevo Vicerrector Administrativo.

Este acto confirma una vez más la aplicación del principio adoptado en buena hora por la Universidad y consagrado en los Estatutos del año 2002, en virtud del cual todos los cargos tienen período. La renovación es sana, en tanto que crea nuevas perspectivas para afrontar situaciones no resueltas. El cambio es necesario porque la historia se puede volver un lastre, consagrar como lema y bandera “el no se puede” e impedir el surgimiento de nuevos paradigmas. Debemos mantener una visión optimista que sin olvidar el principio de realidad nos permita avanzar con entusiasmo.

Por otra parte, al comprometerse con el cambio como principio institucional se promueve también el desarrollo y crecimiento de las personas, evitando su excesivo desgaste. Ahora bien, un cambio, una renovación, de ninguna manera puede traducirse en lesiones a las personas, menos aún desconocer su valiosa contribución en el desarrollo de las organizaciones. El cambio no solo revitaliza a las instituciones sino también a las personas. Es oportuno recordar las palabras del Padre Maldonado al final de su vida “no éramos ni somos imprescindibles”.

Todos nosotros, ustedes los nuevos Decanos Académicos y Decanos del Medio Universitario y yo, asumimos hoy, como autoridades personales, una delicada responsabilidad en el gobierno de la Universidad. En este contexto el manejo de la autoridad y del poder será un punto que no faltará en nuestra agenda. Sabemos con certeza que la autoridad no sólo proviene de las normas universitarias, sino del cuidado con que se ejercen las funciones y el testimonio personal; y que los vacíos de autoridad no se deben llenar simplemente a base de poder. Hacer las cosas por obligación no es lo mismo que hacerlas por convicción; la posible eficacia que pueda tener el autoritarismo no logra su legitimidad. De ahí la necesidad de saber influir.

Ahora bien, la función administrativa en la Universidad nos compete a todas las autoridades de gobierno y no solo al Vicerrector Administrativo y a las dependencias y el personal adscrito a ese despacho. Esta Vicerrectoría, que no es de la esencia del ser y la naturaleza de la institución universitaria, como sí lo son la Vicerrectoría Académica y la Vicerrectoría del Medio Universitario, debe evitar su sobredimensionamiento así como su protagonismo, que en ocasiones puede tener origen en omisiones o deficiencias de otros responsables. La función administrativa siempre termina siendo ejercida, o la asume quien tiene la competencia o en su defecto otra instancia se apodera de ella; el peligro radica en que por diversas razones sea asumida finalmente por la Vicerrectoría Administrativa, cuando en estricto sentido no le corresponde. Es en este escenario donde la Vicerrectoría puede perder su proporción y que los criterios administrativos y financieros predominen en el ámbito universitario. Es también en este escenario donde se puede presentar una centralización administrativa, por supuesto cuestionable. El sentido de la función administrativa es el servicio a lo que es propio y razón de ser de una universidad, es decir, la academia, una academia que se desarrolla en un medio universitario; y que se refleja claramente en nuestra estructura organizacional en el binomio que conforman el Decano Académico y el Decano del Medio Universitario al frente de cada una de nuestras facultades.

El servicio de la administración a la academia tiene como propósito precisamente crear condiciones de posibilidad para la realización de los sueños y evitar el riesgo de que los sueños nunca dejen de serlo, o que su realización se convierta en amenaza para la propia institución. La función administrativa nos permite mantener los pies en la tierra y la mirada en el cielo, según la conocida sentencia kantiana. Por supuesto es una tarea dura, algunas veces desagradecida que tiene origen en unos recursos que no son ilimitados, frente a unos sueños que si los son; unos recursos que, así fueran abundantes, nos imponen una utilización eficiente y pertinente. Se trata entonces de conciliar el idealismo con la posibilidad.

Esta concepción de la función administrativa no puede quedarse en planteamientos de ocasión o en documentos institucionales, debe constatarse en la cotidianidad del quehacer universitario. ¡Dejemos que los hechos hablen! Qué el espíritu que nos anima en este sentido sea totalmente evidente en las decisiones que tomamos y se manifieste plenamente en la gestión que realizamos.

Permítame que ahora comparta con ustedes unas primeras ideas que vienen a mi pensamiento en relación con la tarea que he asumido de manera directa, gracias al voto de confianza de Ustedes, Padre Provincial y Vice-Gran Canciller de la Universidad, y Padre Rector. Su decisión me honra profundamente y compromete mi gratitud.

En los planteamientos que formularé a continuación se pueden distinguir algunos criterios que aspiro marquen no solo mi gestión personal sino también la de los funcionarios y las dependencias que pertenecen al ámbito del Vicerrector Administrativo; criterios que también deben servir como referencia para evaluar nuestra gestión. Estos planteamientos no tienen origen en una especulación teórica. Por el contrario, se fundamentan en una experiencia larga y reciente que me permite analizar con cierta propiedad la influencia que ha tenido y debe tener la Vicerrectoría Administrativa en la Universidad. Ciertamente, muchos de nosotros sabemos qué tanto la Vicerrectoría Administrativa facilita o puede llegar a obstaculizar la labor del universitario, sea profesor, estudiante o empleado administrativo, y qué tanto condiciona su bienestar.

Un primer planteamiento se refiere a la importancia que tienen las normas y procedimientos en la administración, pilares de una gestión eficiente, una gestión que requiere igualmente observancia y cumplimiento de las disposiciones jurídicas. Nadie puede subestimar su valor. Sin embargo, dichas normas y procedimientos no pueden llegar a ser de tal naturaleza que hagan tremendamente compleja y hasta desagradable la tarea administrativa de directivos y funcionarios, e incluso en ocasiones que tengan que recurrir a ciertos artificios para poder cumplirlas. Las normas y los procedimientos que se establecen precisamente para darle aliento a la organización, no nos pueden ahogar. Un exceso en este sentido puede llevarnos incluso a la parálisis o a generar un ambiente de desconfianza. Debemos defender la credibilidad de las personas, -valor inconmensurable en una organización-, y no ponerla en tela de juicio desde un principio. Que las normas y procedimientos sean suficientes y que se puedan cumplir. He ahí un criterio fundamental.

El segundo planteamiento está relacionado con la rectitud, esta condición asociada a un proceder, a una conducta sin tacha que no apela simplemente a la norma sino a las convicciones y a los principios de un ser humano. No obstante, en una sociedad afectada gravemente por la corrupción, no es ésta la más común de las virtudes. Tan es así que hoy en día se han impuesto los llamados pactos de transparencia y los códigos de ética empresariales que procuran llamar la atención sobre estos asuntos. En otros tiempos se hablaba de la caballerosidad e incluso se decía que el hecho de haber pasado por una universidad era suficiente garantía de la honestidad de una persona.

Vale la pena recordar la advertencia de un ingeniero francés quien afirmó que ningún código de ética puede convertir en caballero a un pícaro. Con lo anterior quiero subrayar la importancia que cobran los valores para enfrentar con éxito este flagelo que aqueja a la sociedad en distintas latitudes. En este contexto, no puede haber reservas sobre la labor de los organismos de control y auditaje; debemos asegurar que estos organismos tengan todas las garantías y gocen de la debida independencia para su trabajo, sin interferencias de personas o dependencias que puedan tener intereses al respecto. Si así se procede, la rendición de cuentas será una realidad y tendrá consecuencias.

Todo esfuerzo para procurar la transparencia en la gestión es bienvenido, aunque debe reconocerse que la institución no alcanza a protegerse de manera absoluta de acciones individuales que se aparten de estos principios. Sin duda alguna, la acción de los seres humanos tiene limitaciones y está condicionada por sus debilidades. “Errar es humano”, es una frase proverbial que escuchamos una y otra vez; pero si bien es cierto que todos nos podemos equivocar, no todos faltamos a la honestidad. Al respecto recuerdo durante mi gestión como Decano Académico de la Facultad de Ingeniería, la situación de un estudiante que había cometido un fraude y se presentó en mi oficina. Su argumento era que todos nos equivocamos. Entonces le hice advertir la diferencia que existe entre un error y un delito, porque en el resultado de una suma puede haber error, pero en el plagio no hay duda de que hay un delito.

Al hablar de rectitud debemos recordar que de cada uno de nosotros depende el buen nombre de la Universidad. Si bien la institución posee un prestigio que se ha ganado a lo largo de décadas de labor, prestigio avalado firmemente por el sello de la Compañía de Jesús, quienes nos hayamos vinculados a ella especialmente en posiciones directivas, comprometemos permanentemente su honra. De ahí el cuidado inmenso que debemos tener en nuestro modo individual de proceder porque las consecuencias no sólo nos afectan como personas sino también afectan a la institución.

El tercer y último planteamiento se refiere al trato humano porque ni las normas ni los procedimientos, así como tampoco los esfuerzos para asegurar la transparencia, pueden traducirse en atropellos a las personas, en falta de respeto o en menoscabo de su dignidad. Nadie en nuestra Universidad puede sentirse maltratado. Tan trascendental es este tema en la Javeriana que nuestro Proyecto Educativo señala categóricamente como fin de la Universidad al ser humano y en él, reconoce el sentido y la finalidad de la ciencia.

Ahora bien, esto no se debe confundir con la experiencia de la amistad que puede entrar en conflicto con el profesionalismo que siempre distingue la labor de un auténtico equipo de trabajo. En la amistad, la unión nace al compartir afectos y sentimientos; en el trabajo, la unión nace al compartir propósitos y criterios institucionales. Tampoco se trata de lograr el compromiso de la gente con base en prebendas o favores, técnica reconocida y ampliamente practicada en el populismo político. No podemos olvidar que muchas decisiones necesarias y convenientes tienen un costo político, pero si el criterio es agradar y hacer amigos, en otras palabras ser popular, difícilmente se tomarán las decisiones que las circunstancias exigen. Algo muy distinto es la fraternidad que debemos procurar en todo tiempo y que es característica de una comunidad que comparte verdaderamente unos objetivos y que está unida por fuertes lazos de solidaridad. Los afectos en este sentido, son una consecuencia, y no el fundamento de un equipo de trabajo.

Dicho todo lo anterior, me atrevería a insinuar que las tres palabras claves que subyacen en los planteamientos que he compartido con ustedes son probidad, eficiencia y respeto. Tres palabras que, repito, aspiro a que se reconozcan no sólo en mi gestión personal sino también en la de los funcionarios y dependencias bajo el ámbito del Vicerrector Administrativo.

Un verdadero equipo de trabajo en la Vicerrectoría, con personas en las que se pueda delegar responsabilidades, en un ambiente donde cada uno esté convencido de que su aporte es importante y valioso es fundamental. Un grupo directivo que se distinga por su sentido de pertenencia, que tome decisiones con autonomía, que acepte riesgos, y que asuma con entereza las consecuencias.

Tres actitudes confluyen pues en esta noche y ninguna de ellas puede ser ignorada. Empieza una nueva etapa en la vida de estos Decanos y de este Vicerrector. Tenemos la oportunidad y también la obligación de honrar con los hechos de nuestra gestión el nombramiento que hemos recibido, una gestión que debe estar dispuesta a la evaluación permanente y objetiva, y a los ajustes de rumbo que se consideren necesarios. Por supuesto que todos tenemos una trayectoria ya recorrida, en la que se conjugan aciertos y desaciertos, pero con un balance favorable que es evidencia contundente de la gestión realizada; seguramente también habrá prejuicios, pero la hora indica que debemos asumir con entereza las decisiones tomadas por quienes escogieron nuestros nombres, y dirigir la mirada hacia adelante para recorrer con pasión el camino que se ha abierto.

Faltaría a la verdad si no confieso en esta noche que siento el temor y la inquietud propia del hombre que es consciente del desafío al que se enfrenta y que mira con respeto la misión que le han confiado. Pero también siento la serenidad y el entusiasmo, propia del hombre que confía en la protección de Dios, el afecto de familiares y amigos, la solidaridad eficaz de los compañeros de trabajo en la Universidad, y la guía y orientación cercanas del Rector.

Yo cuento con el consejo de ustedes, también con sus advertencias y eso me da confianza. Soy consciente que sobre mí labor existen expectativas y que muchos quisieran, -quisiéramos-, ver cambios significativos cuanto antes. Desde ahora apelo a su comprensión porque si bien hay procesos que debemos acometer inmediatamente, los resultados pueden tomar un tiempo. Si bien no desconocía la responsabilidad y complejidad del cargo que acepté, he podido apreciarlas mejor gracias a la información que he recibido en una primera ronda de reuniones con las personas del equipo actual de la Vicerrectoría Administrativa, a quienes agradezco su disponibilidad y colaboración.

Recordemos, sin embargo, que no partimos de cero. Por supuesto que hemos tenido serias dificultades, que hemos enfrentado un severo temporal, pero de ninguna manera podemos ignorar esos largos años de trabajo y el esfuerzo de muchos hombres y mujeres, jesuitas y laicos, que han llevado a la Universidad al lugar de excelencia que hoy ocupa. Aquí no cabe el ave fénix. La Pontificia Universidad Javeriana conserva la solidez, aquella que simboliza la puerta levantada en piedra, tallada con cincel y martillo, a la entrada de la antigua sede colonial. Una puerta que permanece firme desafiando el paso de los siglos.

Padre Provincial, Padre Rector, puedo afirmar sin temor a equivocarme que los nuevos Decanos comparten los sentimientos de gratitud y compromiso que he reiterado en esta noche. Mi invitación es a valorar el pasado con inteligencia, a levantar la mirada hacia el futuro, a vivir con intensidad este instante de transición y sobre todo, a renovar el ánimo porque hay un país, hay unos jóvenes estudiantes, hay unos hijos que anhelan un horizonte despejado y merecen un porvenir mejor.